Gabriela's World

Muriendo de hambre engordando

Tengo ganas de contar una historia. La historia sobre una mujer llamada Carlota que, como cada mañana se levanta y lo primero que hace es mirarse al espejo con el deseo mudo de que por fin le devolviera la imagen que ha anhelado toda su vida. Sabe que no será así y al comprobarlo se repite las mismas palabras de cada día: “qué gorda te ves” con un gesto de desaprobación que ni siquiera alcanza a mirar, porque jamás se mira a los ojos. Carlota se prepara un café que endulza con algún endulzante no calórico y prepara a sus hijos un desayuno bajo en azúcar y en grasas para que no tengan que vivir lo que ella ha padecido toda su vida. Por alguna razón esa mañana se atreve a cuestionar su proceder. Algo no está funcionando, sus hijos están subiendo de peso, siempre quieren galletas, refresco y aunque les da “light” terminan por comer otros dulces por la insistencia que ejercen. Lo mismo pasa con ella, su aumento de peso es constante y “falta de fuerza de voluntad” la tiene perdida en sus antojos. El miedo que la invade de que su marido la abandone por alguien más bella le ha hecho pasar noches enteras de insomnio. No quiere seguir así…

Tal vez creas que conoces a esta mujer, o tal vez creas incluso que hablo de ti. Pero no es así, hablo de miles de mujeres y hombres que tienen las mejores intenciones, que son incluso, obedientes, que se preocupan por su salud pero que no saben el círculo en el que están dando vueltas y por el que no logran ser felices. Trágico como suena, salir es sencillo, si nos atrevemos a mirar el paisaje completo.

Vivimos en un momento en que se consumen más endulzantes artificiales y no calóricos que nunca antes y sin embargo, la epidemia de obesidad sigue en aumento, incluso entre niños. Toda la gente que elige productos “light” y “sin azúcar” lo hace precisamente con la esperanza de no engordar o bajar de peso, pero eso no siempre sucede. Casi nunca, de hecho. Lo curioso es que prevalece la misma actitud, con los mismos resultados una y otra vez con la única variante de que la autoestima y autoconfianza cada vez disminuyen más. Ya decía Einstein, que la definición de locura es: repetir la misma acción una y otra vez, esperando resultados diferentes”… y sí, tal vez estamos enloqueciendo como sociedad.

Y no es para menos. Todo el día, cada día de nuestra vida, recibimos un bombardeo de lo feos y feas que somos. Que deberíamos adelgazar, tener muslos más largos, menos caderas, abdomen marcado, que eso garantizaría entre otras cosas ser queridos, encontrar una “buena” pareja, tener hijos felices, por supuesto un buen y satisfactorio empleo. Y así estamos, toda nuestra vida corriendo tras esa promesa de felicidad concluyendo que si no hemos obtenido la olla de oro, es porque aún no somos lo suficientemente perfectos, y entonces no hay más explicación, tenemos que bajar más de peso, tener caderas menos anchas, muslos aún más largos, y… comer aún más productos “light”… Momento… ¿Comer más productos light??... Llevo años comiendo todo lo light que puedo, soy cada vez menos feliz, cada día me convenzo más de lo imperfecta que soy y lo poco que merezco el amor y la respuesta que recibo de fuera y que ya me creí es que DEBO COMER MÁS PRODUCTOS LIGHT??? … Algo está raro aquí…

Hay algo raro pero bastante simple en realidad. No hace falta dejarse impresionar por nombres como Leptina, Dopamina o Insulina… sí, son nombres de hormonas pero nada las hace más complicadas que Lucía o Angelina. Lo que hacen es enviar distintos mensajes, pero mensajes muy específicos, son nuestras mensajeras, pues.

Así que miremos el panorama. Cuando yo como algo dulce, rápida y básicamente se liberan dos mensajeras: una que enciende los centros del placer, nuestra amiga Dopamina, y otra que estará en cargada de informar cuándo ha sido suficiente dulce, o sea la Leptina que activa la señal de saciedad. Esto tiene razones lógicas y muy sencillas. Hace muchos años, cuando nuestros antepasados no siempre tenían suficiente alimento, el cuerpo necesitaba sentirse atraído por comida muy calórica que asegurara su supervivencia y reservas energéticas, por eso el sabor dulce nos suele ser tan placentero. Y por otro lado, el cuerpo, sabio como es, necesita algo que le avise cuando ha recibido energía suficiente para no acumularla de manera que se vuelva más lento e incluso ponga en riesgo su vida. Hagamos un paréntesis. ¿Qué sucede cuando yo me acostumbro a agarrar cosas muy calientes con las manos desnudas?... poco a poco me hago más resistente al calor, al grado que temperaturas que a otros les queman a mí me parecerán soportables. Y así podemos poner ejemplos como la cantidad de ejercicio, la resistencia a sabores amargos, etc, etc. Pues lo mismo pasa con las hormonas y sustancias dentro del cuerpo. Si el cuerpo libera continuamente una hormona, digamos la Leptina pero no parece ser suficiente, empieza por liberar más, para que pueda detectar el mensaje que parece no llegar. De este modo, el cuerpo recibe cada vez más de esta sustancia, está en contacto con ella más tiempo y termina acostumbrándose a ella y por consiguiente perdiendo la sensibilidad a su presencia.

Seguramente ya se ve a dónde vamos. ¿Qué pasa cuando yo ingiero un edulcorante no calórico? El sabor dulce envía el mensaje de placer, bien. Así querré comer más y más y más… Al mismo tiempo la hormona de la saciedad está lista para activarse en cuanto el aporte calórico sea suficiente, pero… exacto!! No hay aporte calórico… El cuerpo entra en un estado de confusión y libera un poco más de Leptina (nuestra hormona protagonista) pero no es suficiente, la señal no se puede activar, porque no hay aporte calórico que detectar.

Eventualmente, se deja de consumir esa sustancia dulce, pero el cuerpo estuvo expuesto a cierta cantidad de leptina un largo rato sin necesidad de ser utilizada. Cuando esto se repite constantemente, el cuerpo se vuelve resistente a los mensajes de la leptina, los deja de escuchar.

Al mismo tiempo, el cuerpo queda con hambre, puede haberse dado un atracón pero si la cantidad de energía no fue suficiente, cree que necesita comer más, que necesita más energía por lo que los antojos por lo dulce van en aumento y en poco tiempo, se estará comiendo cualquier cantidad y calidad de comida dulce, como el cuerpo lo exige, poco importará ya si es calórico o no. Es más, los antojos por comida calórica son más fuertes, porque el cuerpo se queda con la idea de que no recibió nutrientes y eso lo pone en riesgo. Aquí juega un importante papel la resistencia a la leptina que se va desarrollando. Cada vez se detecta menos ese momento en que el cuerpo debería dejar de comer, porque nos hemos vuelto resistentes a los mensajes de la leptina. Más hambre, antojo creciente por lo dulce e incapacidad de recibir el mensaje de saciedad… no es difícil darnos cuenta de que es la fórmula perfecta para generar aumento de peso constante.

No es todo, esta historia tiene aún más personajes. Determinados endulzantes, por el sabor dulce, generan la liberación rápida de insulina, que tampoco será utilizada porque no hay azúcar en el cuerpo y de nuevo, el cuerpo se va volviendo resistente a ella, lo cual puede desencadenar diabetes… sí, diabetes, aunque no se consuma azúcar.

La Leptina también regula la acumulación de grasa alrededor de órganos lo cual genera más hambre, más acumulación de grasa y riesgos de las tan temidas enfermedades cardiacas y diabetes.

Sí, todo ocasionado por comer algo que sabe dulce, pero no da nada al cuerpo en realidad. Son mensajes vacíos, que confunden al cuerpo y lo dañan más que la misma azúcar.

Quizá valdría la pena hacer un recorrido a lo largo del último siglo y repasar cómo es que 15 o 20 años después de que sale al mercado un nuevo edulcorante artificial, se desvelan los enormes perjuicios a la salud que causan, dando pie únicamente a un nuevo e “inofensivo” edulcorante no calórico,… inofensivo por 15 o 20 años… Pero dejemos ese tema para otra ocasión.

¿Por qué hay ahora tantos productos endulzados con edulcorantes artificiales sin siquiera advertir que son “light” o “bajos en azúcar”? ¿Por qué la mayoría de productos para niños están endulzados de esta forma? ¿Será que las empresas no saben de estos hechos sencillos? ¿Será casualidad que los mismos que venden refrescos sin azúcar, son productores de galletas azucaradas? ¿De verdad cuidan ellos la salud de nuestros hijos o ven en ellos potenciales clientes en formación?

Llegados a este punto, ¿nos sigue sorprendiendo que la epidemia de obesidad y diabetes infantil se haya disparado en las últimas décadas? ¿No conocemos todos a mamás y papás que gustosos dan a sus hijos productos bajos en azúcar por el miedo a que crezcan siendo gordos?

Pues bien, no he dicho aquí nada complicado, nada sobre lo que no haya cientos de estudios ya en internet y nada que no se pueda entender con un poco de lógica. Somos cada vez más una sociedad con fobia a la gordura, pero cada vez más gorda y a la vez cada vez más desnutrida y enferma. No es de sorprender porque somos una sociedad que le huye al trabajo real, que queremos creer en soluciones mágicas y preferimos tirar nuestro dinero en ellas a pesar de saber que son mentiras que nos decimos a nosotros mismos. Y la industria lo aprovecha, nos sigue vendiendo lo que queremos escuchar para que también les compremos sus productos cargados de azúcar. Para ellos es incluso más barato endulzar con edulcorantes y tienen un negocio redondo. Gordos cada vez más gordos, más hambrientos, más ansiosos y por supuesto más infelices, lo cual refuerzan con la imagen de perfección a la que saben que nadie llegará.

Es momento de detener esta locura, pero esto no lo harán las empresas, ellos están locos de dinero, eso sólo lo puedes hacer tú. En tu día a día, con tus hijos, con tus decisiones diarias, con tus elecciones conscientes. Sólo está en tus manos.


Referencias:

https://espanol.mercola.com/boletin-de-salud/los-peligros-de-la-sacarina-y-el-aspartame.aspx

https://www.eldiario.es/consumoclaro/cuidarse/edulcorantes-artificiales-engordan_0_561693976.html


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